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Hacer cambios radicales (Parte II)

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En la mente comienza la división del Reino

“..He oído que hay entre vosotros contiendas”  1 Corintios 1:11

Los creyentes venimos del pasado sin Cristo con esquemas mentales desarrollados, cuyo propósito es oponernos a Dios, y esto concuerda con la intención de Satanás: “Enemigos de Dios en nuestras mentes”… (Colosenses 1:21)

¿Cuál es el efecto de estos esquemas?

Impiden recibir u obtener el significado correcto de Dios para nuestras vidas.

Esta situación la enfrenta Pablo en la iglesia de los Corintios cuando ellos colocan a Pablo, Apolos, Cefas (Pedro) en el mismo nivel de Cristo o a Cristo en el nivel de ellos, que es peor: “…hay entre vosotros contiendas. Unos dicen, yo soy de Pablo, otros, yo de Cefas y otros, soy de Cristo” (1 Corintios 1:11-13) “…Pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres?” (1 Corintios 3: 3,4).

Es necesario hacer cambios

Estamos obligados a hacer cambios radicales en nuestra conducta mental, para no dividir la iglesia y el reino de Dios. Pablo encontró que este era un mal generalizado; “No hagáis nada por rivalidad u orgullo, sino con humildad; y considere cada uno a los demás como mejores que él mismo.” (Filipenses 2:3).  Para ello, debemos vivir tomando como fuente a Dios con una posición radical (Filipenses. 2:1, 2, 12,16).

Ser radical consiste en desechar con firmeza aquello que en apariencia es bueno y satisfactorio pero  en lo espiritual niega la pureza de Dios y su palabra, dividiendo así su Reino en nosotros y en la vida de los hermanos, haciéndonos susceptibles al mundo, permaneciendo en nuestra propia sabiduría.

“… ¿Acaso está dividido Cristo?…” 1 Corintios 1:13, 18,19; 3:1-3.

“Más os ruego hermanos que os apartéis de los que causan divisiones en contra de la sana enseñanza que han aprendido, y que os apartéis de ellos”. Romanos 16:1.

Empecemos desechando con determinación todo lo que se opone a Dios:

La palabra de Dios debe ser atesorada en nuestro corazón a fin derribar todo argumento de maldad que contamina nuestra alma. El Señor expone como segundo mandamiento el amor hacia nuestros hermanos, y en su cumplimiento debemos ser radicales.

Siendo radicales en el mandato divino de amarnos unos a otros (Colosenses. 2:1-4,6-9), se erradica la división y se establece la unidad

¡Debemos amar con el amor de Dios el Padre y ser radicales en su cumplimiento!

Si somos determinados en este aspecto nos convertimos en unificadores del Reino de Dios y equipo del cuerpo de Cristo.

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Hacer cambios radicales (Parte I)

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“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”.

1 Corintios 1:18

 El ser humano es formado a través de pensamientos y palabras que, por medio de experiencias, quedan impresas en el cerebro o la mente. Estas impresiones se convierten en elementos de confianza para dirigir la vida de esa persona hasta cuando ella decida desincorporarlas de su “diccionario mental”.

Caso de Adán y Eva

Dios les dio directrices para que ellos desarrollaran su naturaleza humana. Las mismas hacían énfasis en el desarrollo de la obediencia y responsabilidades.

La obediencia radicaba en no comer del árbol, la responsabilidad, labrar el huerto. 

De allí en adelante, ellos debían vivir inspirados en esos dos principios para vivir en la bendición que Jehová Dios les había dado en Génesis. 1:28.

Cuando Adán y Eva pecaron, lo lograron porque violaron esos dos principios fundamentales.

Pecar significa: “ERRAR EL BLANCO, SALIR DEL CAMINO.” Ellos se salieron del camino de la bendición, ellos aceptaron los conceptos de la serpiente y en eso se convirtieron de allí en adelante.

Conflictos de los creyentes

Los seres humanos desarrollamos y aceptamos como válidos los conceptos del mundo, su conducta, sus metas, y nos convertimos en ellos.

Para recuperar  nuestro significado como humanos e hijos de Dios, debemos trabajar sobre dos principios fundamentales:

 1- Conocer el significado de Dios y de nuestro Señor Jesucristo.

A veces, el Apóstol Pablo hace mención de Dios y de nuestro Señor Jesucristo juntos. Dios es el originador y creador de todas las cosas, y Jesucristo es el redentor de todas ellas.  Él es Aquel que le devuelve  todo al Padre para que sean desarrollados en la pureza de la naturaleza de la nueva creación

2- Responsabilizarse por dedicar la vida a Dios.

Los creyentes debemos ser radicales en el propósito de desarrollar una mentalidad cónsona con una mente que agrade a Dios hasta llegar a ser como la mente de Cristo. (1. Corintios 1:10; Filipenses 2:5).

“…estad perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”

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La sumisión y el encuentro con Jesús

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“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” 

Mateo 11:28- 30.

En el verso 28, Jesús hace un llamado a todo ser humano para que en Él encuentre reposo y pueda llevar una vida normal, tal como Dios lo planificó. Pero en el verso 29 encontramos dos condiciones;

LLEVAR el yugo de Jesús y APRENDER de Jesús.

Para aprender de Jesús, necesitamos aceptar el principio de la SUMISIÓN, el cual consiste en obedecer o subordinarse a algo o a alguien renunciando a aquello que consideró valioso para sí mismo en el mundo con el objeto de entrar a una vida ordenada en y para Cristo.

 

La sumisión y la misión de salvar almas.

Un ser humano no llega a la condición de “normal” a menos que maneje una SUMISIÓN al prójimo conforme a su SUMISIÓN a Dios.

Jesús habló de este principio cuando dijo: ” El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. (Mateo 16:24).

A veces entramos en discusión con el prójimo y elegimos ganar la discusión sin importar perder a la persona.

Consecuencias:

– Dios no es honrado cuando le ofrendamos. (Mateo 5:23).

– Promueve el establecimiento del poder satánico. (Efesios 6:10,12)

El consejo divino es “…debemos poner nuestras vidas por los hermanos.”.(1 Juan 3:16)

 

La sumisión y el encuentro con el prójimo.

En Efesios 5:21 se plantea que para que la sumisión se logre se debe tomar como inspiración y objetivo el respeto y el valor a Dios. En este caso, significa que debemos someternos a Dios para lograr un objetivo común.

Si vivimos dentro de ese orden, nuestro destino final será una glorificación con pureza, arrojando como resultado una unificación indivisible con y en la naturaleza de Dios. 

Pero primero debe ser efectuada en la tierra con el prójimo. (Efesios 5: 26,27).

 

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La sumisión en la renovación

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La renovación es volver una cosa a su primer estado, o a su estado original. Sin embargo, cuando se habla de este tema, hay un aspecto importante a tratar y es la sumisión. Como creyentes, a la luz de la biblia, podemos observarla desde dos aspectos.

El primero es someterse a Dios. (Santiago 4:7)

El segundo, someterse al prójimo, para participar de la glorificación hasta alcanzar una vida transformada, donde nos convirtamos en UNO. (Efesios 5:21.)

La sumisión en su concepto básico es un acto por el cual alguien se somete a otra jurisdicción, renunciando o perdiendo su domicilio y privilegios o poder.

En todo acto de sumisión perdemos algo para ganar una condición o algo mejor.

Ahora, el concepto de sumisión en el idioma griego es: Hupotasso. Esta palabra se compone de la siguiente manera:

 HUPO: Ponerse bajo obediencia a, obedecer, subordinarse.

TASSO: Ponerse en orden, estructurar de manera ordenada.

En conclusión, la sumisión consiste en obedecer o subordinarse a algo o a alguien renunciando a aquello que consideró valioso para sí mismo en el mundo, con el objeto de entrar a una vida ordenada en y para Cristo.

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Renovación programada (II)

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Según el artículo anterior, todo nos indica que estamos sumergidos aun en una identidad natural, por lo cual nos exige trabajar para concluir el trabajo de regeneración que necesita nuestra alma (1 Pedro 1:21-23), por lo tanto, hay tres cosas que debemos hacer:

Lo primero es un trabajo de limpieza, según Santiago 4:7,8 “…resistid al diablo y el huirá de vosotros…”

Debemos someternos (Subordinarnos, ponernos en sujeción) y resistir (Colocarnos en contra, cambiar de posición, causar o sostener la autoridad para oponerse) en lo más práctico, un cambio de actitud.

(Vs. 8) “Acercaos a Dios…y Él se acercará a vosotros…”

Este mandato puede llegar a significar tres cosas:

Un acercamiento para unirse, que no es más que estar a la mano. O también es alguien que es ganado o se incorpora a una religión, doctrina, visión o propósito.

Dios se incorpora a ti y a tu vida solo si te encuentras dentro de sus condiciones legales.

Capacitarse para identificar lo que no es de Dios en nosotros, que es desarrollar capacidad para detectar lo que no corresponde a la naturaleza divina. (Romanos 7:19).

 Vencer el mundo en nosotros. El mundo en nosotros solo es vencido por lo que nace de Dios en nosotros como lo indica 1 de Juan 5:4 “…Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe…”

La fe de Dios es aquella que se adquiere mediante una relación correcta con Dios.

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Renovación programada (I)

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Para poder experimentar una renovación total, debemos hacernos conscientes de esa necesidad y trabajar por ella.

 

En base a nuestra identidad, el concepto de renovación nos obliga a enfocarnos en un esfuerzo,  tomando en cuenta quienes somos.

¿Cuál es el concepto de identidad?

“Cualidad de idéntico, conjunto de rasgos propios de un individuo o colectividad que los caracterizan frente a los demás”.

El apóstol Pedro relaciona la necesidad de la renovación con la identidad. Nuestra identidad la encontramos en Dios (Hechos 3:19).

Así que, al arrepentirnos de nuestros pecados inmediatamente debemos entrar en un programa de conversión cuya meta es blanquear o limpiar, el alma (1 Pedro 1:13-16).

“Ceñid los lomos de vuestro entendimiento, no os conforméis a los deseos que antes teníais…  sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir…sed santos, porque YO soy santo”.

Nuestra identidad espiritual en Cristo.

Somos una nueva creación, quien nos creó es omnipotente y estamos hechos de la naturaleza divina y tenemos autoridad en Cristo (2 Corintios 5:17; Efesios 1:22,23; 2 Pedro 1:3,4)

Sin embargo, nuestra identidad natural se relaciona con Adán después de pecar.

Mantenemos las mismas limitaciones y debilidades propias de esa naturaleza, pero, después de la redención está acondicionada para alcanzar una renovación total a fin de comprobar la buena voluntad de Dios agradable y perfecta llevándola a la identidad con Cristo. (Romanos 12:1,2; 2 Corintios 12:9,10).

Si no tenemos clara nuestra identidad no sabemos quiénes somos, de que estamos hechos, ni estimaremos el valor y el poder de quien nos hizo (Dios).

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Requisitos para ser renovados

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Durante su crecimiento, el ser humano se torna independiente. Sin embargo, esta independencia no debe significar: “vivir su propia vida”, si no la habilidad de valerse por sí mismo, proyectando la vida al bienestar de otros. De lo contrario, estaremos viviendo de forma egocéntrica con un amor marcado hacia sí que convierte a la persona en un ser inútil para vivir, disfrutar y ser feliz.

Cuando se vive una independencia marcada por el pecado, se pierde la relación con el resto de la humanidad y se remueve el desarrollo sano de los sentimientos y de la inteligencia. El ejemplo perfecto está en la persona de Cristo quien caminó en la tierra con una independencia sana no influenciada por el pecado, como salvador de la humanidad pero dependiente del Padre. Cuando los hijos no logran desarrollar una independencia sana, no consiguen convertirse en lo que fueron llamados a ser. Todo enfoque al desarrollo de ellos debe ayudarles a formar su existencia orientados a algo bueno y valioso, de gran utilidad para la humanidad.

“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” 1 Juan 3:16

La naturaleza de pecado domina al ser humano y al creyente convirtiéndolo en un ser dañino de sí mismo y de los demás. Esa naturaleza, evita que se compruebe la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios que nos habla el Apóstol Pablo en Romanos 12:2. Hemos colocado la voluntad propia por encima de la de Dios. ¡Necesitamos ser Renovados!

La palabra renovación significa: volver una cosa a su estado original o a su primer estado.

En el origen de la humanidad, Dios crea a Adán a su imagen y conforme a su semejanza asignándole una tarea, un lugar y un hogar. Lo envía a fructificar, multiplicarse, llenar la tierra y administrarla con autoridad. Al Adán pecar, el efecto de ese acto cortó la influencia e inspiración para vivir y para desarrollar independencia sana, él comienza a existir. Toda persona separada de Dios, pierde la sensibilidad a lo bueno, aparece la susceptibilidad a las frustraciones, a la ira, al enojo y a las malas decisiones. Deja de vivir para pasar a un plano de existencia, porque sin el Autor de la vida nadie vive.

Desde ese momento, la autoridad de Adán quedó anulada, al igual que su desarrollo a una independencia sana para causar vida en otros. En el universo nada está vacío,  todo está ocupado por algo, sea por lo bueno o por lo malo, lo correcto o lo incorrecto. Todo ser con vida, toda la creación, se encuentra ocupada con algo así como el cerebro, la mente o la conciencia del ser humano. Si no está llenada con Dios será llenado con lo que no proviene de él. Si no se llena con vida se llenará con muerte.

Cada ser llena su vida conforme considera conveniente, pero debemos concientizar que la raza humana debe ser llenada por Dios para vivir y producir vida en otros.

Todo hombre que no se mantiene cerca de Dios, pierde la inspiración sacerdotal y no desarrolla la autoridad espiritual para administrar el hogar, su entorno o el lugar donde trabaja. Los creyentes están llamados a establecer y desarrollar un orden divino. Cuando se cierra el corazón hacia Dios también se cerrará la boca hacia el mundo espiritual, dejando de afectarlo. Es el hombre quien comienza a hacer girar a la creación con su accionar, con su palabra llena de autoridad generada por la comunión significativa con Dios.

Cuando Dios afecta la vida del hombre, podrá traer orden divino donde se encuentre.

Hemos sido creados para vivir dependientes de Dios e inspirados por Él, desarrollando independencia del entorno para afectarle con vida y administrarlo con autoridad. Toda la creación necesita autoridad para ser dirigida sabiamente, a fin de cumplir el propósito por el cual fue creada. Esa responsabilidad fue entregada en nuestras manos, para causar efectos que hagan vivir al resto de la creación.

Tomemos ese lugar a través de la renovación que Dios ha preparado para nosotros.

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La renovación del creyente (Parte II)

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“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas.” 2 Corintios 5:17

Todo tiene un comienzo y un proceso para alcanzar el fin deseado

Aunque hayamos nacido en el evangelio, tú y yo necesitamos nacer de nuevo. Es allí donde comienza el proceso de renovación que quita la impureza que adquirimos del entorno y donde nuestras convicciones son reemplazadas por las convicciones de Dios.

Este comienzo de transformación, lo observamos en la vida de Pablo en el capítulo 9 del libro de Hechos. Sus fuertes pensamientos y convicciones en la religión Judía, lo llevaron al deseo de muerte por aquellos que pensaban diferente: los seguidores de Cristo. Pero un encuentro con el Señor, el renovador del conocimiento de la ley, bastó para nacer de nuevo. Pablo entendió lo sobrenatural del momento y dispuso su actitud delante de Jesús, reconociendo su señorío (v5). En ese momento su orgullo fue tratado y sus convicciones comenzaron a ser confrontadas.

Dios no quiere empleados sino hijos que le amen.

Como la mayoría de nosotros, la primera reacción de Pablo fue servirle mediante un acto voluntario orientado al trabajo: “Señor ¿Qué quieres que yo haga?”. Sin embargo, Dios busca que desarrollemos la obediencia inspirada en un amor producido por el valor de quién es Cristo.

La salvación es un hecho legal, pero se confirma cuando el amor de Cristo nos aprisiona hacia él. Cuando Pablo llegó conocer el amor de Dios, no quería estar en la tierra y sus primeras convicciones fueron reemplazadas.  El hombre que ha conocido a Cristo le sigue, sin importar cómo está o lo que está enfrentado. Job dijo: “y que después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” Job 19:26-27.

El que cree puede descreer pero el que ama no puede dejar de amar. El que ama prefiere morir pero nunca regresar.

Dios nos salva de una condenación legal pero comienza a trabajar en nosotros para que aprendamos a vivir dentro de la legalidad de la salvación. Pablo se desarrolló en la visión del Señor, predicando y demostrando que Jesús era el Cristo. Debemos demostrar nuestras emociones, reflejando nuestras convicciones.

Pablo reconoció que necesitaba aprender de Dios. ¿Cómo sigo a Dios? A través de su palabra.

“Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.” Juan 15:10

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La renovación del creyente (Parte I)

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“Dios nos creó a su imagen y semejanza,  por lo tanto, fuimos hechos puros porque Él mismo fue la referencia.”

Contaminar la naturaleza pura, en el hombre, es un efecto del pecado

La palabra perfecto, en el griego, nos refiere a una persona que ha sido trabajada y llevada a una condición de madurez. Cuando el pecado entró en la humanidad, no afectó su carácter sino su pureza, aceptando ella, una manera de pensar que contradecía el propósito original del Creador para con el hombre.

“El pecado no hace imperfecto al hombre, lo hace impuro, siendo su ataque hacia la naturaleza y no hacia el carácter.”

El creyente está llamado a desarrollar madurez en su alma, más en su espíritu debe desarrollar pureza. De lo contrario, se tendrán defectos en el carácter porque las decisiones no obedecen a la pureza según Dios sino a la naturaleza del pecado que ha afectado el alma.

La pérdida de pureza ha afectado el canal y la forma que el alma tiene para dar a conocer esa pureza. Hemos sido llamados a reflejar la vida que llevamos por dentro a través del carácter, pero el carácter de Cristo formado en nosotros.

Cuando el alma tomó el control, la humanidad comenzó a construir su propia vida con actitudes que obedecen a una independencia de Dios. Con la experiencia de Adán y Eva, aprendemos que cuando un pensamiento es aceptado, comenzamos a convertirnos en su significado,  nuestro espíritu se oscurece y quedamos funcionando de forma almática.

¿Qué pensamientos manejas tú? ¿Con quién te relacionas?

El tráfico de pensamientos afecta nuestro ser interior, creando convicciones que más adelante van a determinar nuestra manera de actuar. Aunque Dios nos hable, seguiremos funcionando en el error porque hemos desarrollado convicción en él.

Sólo cuando determinamos darle un final al error, es cuando se abren las puertas para entrar en un proceso de renovación.

El pecado no logró destruir al hombre en su totalidad, pero afectó su alma y necesita ser devuelto a su estado original.

Antes de que el hombre finalizara sus días de pureza, ya Dios había planeado como someterlo a una regeneración, pues toda renovación tiene su comienzo sobre un final.

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.  No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:1-2

 

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LA SANIDAD DEL ALMA (Parte I)

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Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Génesis 1:27), y según su orden, le constituyó en tres partes para una función, cada una en particular, donde se desarrollarían y prosperarían de manera perfecta. Estas áreas son: espíritu, alma y cuerpo. Estas áreas, Dios las creó sanas, con congruencia y armonía entre ellas y sus funciones.

Cuando el hombre pecó (Génesis 3), tanto el alma como el cuerpo se hicieron vulnerables, es decir, podían enfermarse, desde la concepción hasta el día de la muerte física (Salmo 41:4).

 

Constitución del alma

 

El alma podemos decir que está a su vez constituida en 3 partes: Intelecto, emociones y voluntad.
El intelecto es la capacidad que tiene el hombre de pensar, analizar y recordar (mente). Este, puede ser influenciado por una actividad que se opone a Dios o por el Espíritu Santo. Y es precisamente aquello que se opone a Dios que busca atacar el intelecto. Procurando lograr que pensemos que son nuestros, con el objetivo de traer malestar y angustia.

Una forma de ataque son los pensamientos fugaces. Estos, son ideas que llegan como sugerencias y generalmente instan a hacer cosas o decirlas. Cuando se examina el resultado, es tristeza, separación y frustración.

Las imágenes, su objetivo es cual su nombre, proyectar imágenes que generalmente son impuras y tienen relación con lo pecaminoso. Sus efectos son culpa y condenación.

Otra ofensiva a nuestro intelecto son los sueños. Ellos producen malestar al día siguiente, como la cabeza pesada, el espíritu abatido, llegando sentirse débil y sin energías en la mañana.

También está el insomnio. Puede que al acostarse vengan pensamientos de preocupación y sencillamente el sueño se va, trayendo malestar y desgaste.

El olvido. Las personas se ven muy limitadas para memorizar, sufriendo olvidos crónicos. Incluso de lo que acaba de hacer o decir.

La falta de concentración. Las personas no se logran concentrar en nada. Aún al orar, leer la Biblia o escuchar un mensaje, los pensamientos van de un lado al otro.

De igual forma está la inactividad. Hace que el creyente pierda la capacidad de pensar. No puede crear, deducir o recordar. No puede comparar, juzgar o apreciar, por ende, no puede pensar.

Asimismo otro ataque es la vacilación. Pueden generar una especie de pensamientos, pero poco después generan otros de sentido contrario u opuesto. Llegan a decir “hoy puedo” y al instante

La obstinación. Hace que las personas rehúsen escuchar cualquier razón o evidencia una vez que ha hecho su decisión. No distingue entre lo bueno y lo malo. Su mente está cerrada ante todo cambio.

Cuando la persona está bajo ataque, la verdad de Dios no puede penetrar y las consecuencias espirituales son muy dañinas porque son oprimidos por la hechicería e idolatría.

El creyente debe permitir que su intelecto se ponga de acuerdo con el Espíritu Santo con la palabra de Dios (Romanos 8: 5,6; Efesios 1: 17, 18; 1Pedro 1:13; Isaías 26:3; Efesios 4:23; 2Corintios 10:5)